Armisticio 1948: por qué escribí esta novela

Hay una pregunta que se repite en la historia del siglo XX y que pocas veces se formula en voz alta: ¿qué habría pasado si la Segunda Guerra Mundial no hubiera terminado como terminó?

No me refiero a la pregunta fácil —qué habría pasado si Alemania hubiera ganado— sino a una más incómoda: ¿qué habría pasado si nadie hubiera ganado del todo?

Esa pregunta es el punto de partida de Armisticio 1948.


La premisa

La novela parte de una ucronía: en 1948, agotadas las dos potencias, el Reich y los Aliados firman un armisticio que divide Europa en bloques. No hay juicio de Núremberg. No hay reconstrucción occidental. No hay guerra fría limpia entre dos superpotencias ordenadas. Hay algo más turbio: una Europa donde el Reich sigue en pie, reducido pero funcional, donde la España de Franco sobrevive en una posición ambigua entre los dos bloques, y donde el espionaje, la diplomacia y la memoria de la guerra se mezclan sin que nadie haya cerrado todavía las cuentas.

La historia arranca en 1955, durante una Exposición Universal celebrada en Germania: la antigua Kiev, reconstruida según los planos de Albert Speer como capital del Reich. Un escenario tan real en su arquitectura que casi se puede oler el mármol frío.


Por qué esta historia

Llevo años leyendo novela histórica y thriller de espionaje. Los autores que más me han marcado —Philip Kerr, Robert Harris, C. J. Sansom— tienen en común una cosa: no usan la historia como decorado, sino como motor de las decisiones de sus personajes. La época lo explica todo: por qué alguien traiciona, por qué alguien resiste, por qué alguien calla.

Pero había algo que me incomodaba en la mayoría de las ucronías sobre la Segunda Guerra Mundial. Casi todas construyen su punto de inflexión sobre un hecho singular y dramático: una batalla que se pierde o se gana de otra manera, una bomba que llega antes o después, una decisión estratégica que cambia el curso de una campaña. Son puntos de inflexión visibles, cinematográficos, fáciles de señalar.

Lo que la historia real sugiere es bastante menos limpio. Las guerras largas no se deciden en un único momento. Se deciden en la acumulación: en los recursos energéticos que se agotan, en las materias primas que dejan de llegar, en el capital humano que se consume sin posibilidad de reposición. El Reich no perdió la guerra solo porque los Aliados desembarcaran en Normandía o fueran vencidos en Stalingrado. La perdió porque nunca llegó a controlar el petróleo del Cáucaso ni la capacidad industrial de la cuenca del Don, y porque no tuvo acceso a las materias primas y la mano de obra que una alianza con la India podría haber proporcionado. Cuando esos tres elementos fallan simultáneamente, ninguna victoria táctica es suficiente.

Esa lectura me pareció más interesante como punto de partida ucrónico. ¿Y si esos recursos hubieran llegado? ¿Y si el equilibrio se hubiera sostenido lo suficiente para que ninguno de los dos bandos tuviera capacidad para el golpe final? No una victoria distinta, sino la ausencia de victoria: un armisticio firmado por extenuación, con Europa dividida pero el Reich todavía en pie, funcional aunque reducido.

De ese planteamiento nació la novela. Y de ese planteamiento nacen sus personajes: gente que ha sobrevivido a una guerra que no terminó del todo, que vive en un mundo donde las cuentas de la guerra siguen abiertas y donde nadie sabe exactamente cuánto tiempo más durará el armisticio.

Un republicano español que escapó de Alicante en 1939 y que en 1955 lleva dieciséis años trabajando para los Aliados. Un oficial alemán que en 1943 gestionó el vaciamiento de una ciudad polaca con la misma eficiencia con la que ahora dirige la seguridad de Germania. Una joven ucraniana que perdió a sus padres en las deportaciones y que sobrevivió construyéndose una identidad falsa. Un miliciano de lealtades estratificadas que trabaja para quien le conviene en cada momento.

Ninguno de ellos es un héroe sin fisuras. Ninguno es un villano de manual. Todos han tomado decisiones que el mundo en que vivían hacía posibles o necesarias, y en 1955 tienen que convivir con esas decisiones en la misma ciudad.


El proceso

La novela me llevó varios años. No porque la historia fuera complicada de construir, sino porque el mundo ucrónico exige un rigor que la ficción histórica convencional no siempre necesita: cada elemento inventado tiene que ser coherente con los elementos reales, y esa coherencia hay que sostenerla en cada página.

La arquitectura de Germania existe. Albert Speer diseñó los planos de la Welthauptstadt —la capital del mundo— con una ambición faraónica que hubiera hecho de Berlín o Kiev una ciudad irreconocible. Utilicé esos planos como base para construir el escenario. El resultado es un lugar que no existe pero que podría haber existido, y esa sensación de verosimilitud era exactamente lo que buscaba.

La novela está completa, registrada, e inédita.

Si te interesa saber más sobre el proceso o el universo de la novela, seguiré escribiendo sobre ello aquí.


*© 2026 Juanma Menéndez