Juanma escribe

La Trilogía de los gemelos — Ágota Kristof

La Trilogía de los gemelos es una obra perturbadora. Ágota Kristof, escritora húngara exiliada en Suiza, construye un universo moral implacable donde la brutalidad y la ternura coexisten con una prosa de una economía devastadora. Aunque en ninguno de los libros se indica fecha ni país, el lector puede identificar fácilmente los periodos. La nacionalidad de la escritora también es una pista certera. Son tres novelas que deben leerse en este orden: — El gran cuaderno — La prueba — La tercera mentira EL GRAN CUADERNO Dos gemelos son enviados por su madre a vivir con su abuela en un pueblo fronterizo durante la guerra. Para sobrevivir física y emocionalmente, llevan un cuaderno donde registran solo hechos objetivos —nada que no sea verificable— y se someten a ejercicios de endurecimiento físico y moral. El gran cuaderno es una obra de una frialdad calculada y deliberada. La narración en primera persona del plural («nosotros») crea una entidad doble e inquietante. Kristof emplea una prosa seca que narra actos terribles —el hambre, la violencia, la muerte— con la misma naturalidad con que se describiría un atardecer en el bosque. LA PRUEBA La novela sigue a Lucas, uno de los gemelos, que ha permanecido en el pueblo bajo una dictadura. Cuida de un niño abandonado, Mathias, y mantiene relaciones con distintas mujeres mientras espera el regreso de su hermano Klaus. La relación con el niño Mathias introduce una nueva capa de amor y responsabilidad que contrasta con la dureza del primer libro. La narrativa cambia al pasado y a la tercera persona. El libro explora la soledad, la represión política y la dificultad de existir sin el otro. Lucas es ahora un personaje vulnerable, sometido al peso de una sociedad opresora y de una ausencia que no sabe cómo nombrar. LA TERCERA MENTIRA Klaus regresa al pueblo tras décadas de exilio. El reencuentro, sin embargo, desestabiliza todo lo que el lector creía saber: las versiones de los hermanos se contradicen, los hechos se vuelven inciertos y la pregunta sobre qué fue real y qué fue inventado atraviesa retroactivamente toda la trilogía. La tercera mentira dinamita la credibilidad del narrador de los dos libros anteriores: si en El gran cuaderno se afirmaba que solo se escribe lo que es verdad, ahora todo se torna mentira o, peor aún, ficción necesaria. Los gemelos podrían ser una invención, una escisión psíquica o una metáfora del exilio y la identidad dividida. No hay hechos objetivos, solo versiones. El título lo dice todo: incluso el intento de decir la verdad es una mentira más. Es el cierre perfecto de una trilogía que se niega a cerrar sus heridas. Aquí la autora maneja con gran maestría el difícil recurso del «narrador no fiable». Kristof escribe con precisión quirúrgica. No hay una palabra de más, no hay sentimentalismo. Su lectura deja una perturbación duradera. Kristof nos demuestra que no es necesario entrar en detalles escabrosos para mostrar la crueldad, y que unas pocas frases simples pueden dibujarnos escenas con todos sus detalles —tanto sensoriales como emocionales—.

Créditos © 2026 Juanma Menéndez
Esto significa que puede ser compartida, copiada, adaptada y distribuida en cualquier medio o formato, incluso con fines comerciales, siempre que se dé el crédito adecuado al autor.

#mislecturas

Hay una pregunta que se repite en la historia del siglo XX y que pocas veces se formula en voz alta: ¿qué habría pasado si la Segunda Guerra Mundial no hubiera terminado como terminó?

No me refiero a la pregunta fácil —qué habría pasado si Alemania hubiera ganado— sino a una más incómoda: ¿qué habría pasado si nadie hubiera ganado del todo?

Esa pregunta es el punto de partida de Armisticio 1948.


La premisa

La novela parte de una ucronía: en 1948, agotadas las dos potencias, el Reich y los Aliados firman un armisticio que divide Europa en bloques. No hay juicio de Núremberg. No hay reconstrucción occidental. No hay guerra fría limpia entre dos superpotencias ordenadas. Hay algo más turbio: una Europa donde el Reich sigue en pie, reducido pero funcional, donde la España de Franco sobrevive en una posición ambigua entre los dos bloques, y donde el espionaje, la diplomacia y la memoria de la guerra se mezclan sin que nadie haya cerrado todavía las cuentas.

La historia arranca en 1955, durante una Exposición Universal celebrada en Germania: la antigua Kiev, reconstruida según los planos de Albert Speer como capital del Reich. Un escenario tan real en su arquitectura que casi se puede oler el mármol frío.


Por qué esta historia

Llevo años leyendo novela histórica y thriller de espionaje. Los autores que más me han marcado —Philip Kerr, Robert Harris, C. J. Sansom— tienen en común una cosa: no usan la historia como decorado, sino como motor de las decisiones de sus personajes. La época lo explica todo: por qué alguien traiciona, por qué alguien resiste, por qué alguien calla.

Pero había algo que me incomodaba en la mayoría de las ucronías sobre la Segunda Guerra Mundial. Casi todas construyen su punto de inflexión sobre un hecho singular y dramático: una batalla que se pierde o se gana de otra manera, una bomba que llega antes o después, una decisión estratégica que cambia el curso de una campaña. Son puntos de inflexión visibles, cinematográficos, fáciles de señalar.

Lo que la historia real sugiere es bastante menos limpio. Las guerras largas no se deciden en un único momento. Se deciden en la acumulación: en los recursos energéticos que se agotan, en las materias primas que dejan de llegar, en el capital humano que se consume sin posibilidad de reposición. El Reich no perdió la guerra solo porque los Aliados desembarcaran en Normandía o fueran vencidos en Stalingrado. La perdió porque nunca llegó a controlar el petróleo del Cáucaso ni la capacidad industrial de la cuenca del Don, y porque no tuvo acceso a las materias primas y la mano de obra que una alianza con la India podría haber proporcionado. Cuando esos tres elementos fallan simultáneamente, ninguna victoria táctica es suficiente.

Esa lectura me pareció más interesante como punto de partida ucrónico. ¿Y si esos recursos hubieran llegado? ¿Y si el equilibrio se hubiera sostenido lo suficiente para que ninguno de los dos bandos tuviera capacidad para el golpe final? No una victoria distinta, sino la ausencia de victoria: un armisticio firmado por extenuación, con Europa dividida pero el Reich todavía en pie, funcional aunque reducido.

De ese planteamiento nació la novela. Y de ese planteamiento nacen sus personajes: gente que ha sobrevivido a una guerra que no terminó del todo, que vive en un mundo donde las cuentas de la guerra siguen abiertas y donde nadie sabe exactamente cuánto tiempo más durará el armisticio.

Un republicano español que escapó de Alicante en 1939 y que en 1955 lleva dieciséis años trabajando para los Aliados. Un oficial alemán que en 1943 gestionó el vaciamiento de una ciudad polaca con la misma eficiencia con la que ahora dirige la seguridad de Germania. Una joven ucraniana que perdió a sus padres en las deportaciones y que sobrevivió construyéndose una identidad falsa. Un miliciano de lealtades estratificadas que trabaja para quien le conviene en cada momento.

Ninguno de ellos es un héroe sin fisuras. Ninguno es un villano de manual. Todos han tomado decisiones que el mundo en que vivían hacía posibles o necesarias, y en 1955 tienen que convivir con esas decisiones en la misma ciudad.


El proceso

La novela me llevó varios años. No porque la historia fuera complicada de construir, sino porque el mundo ucrónico exige un rigor que la ficción histórica convencional no siempre necesita: cada elemento inventado tiene que ser coherente con los elementos reales, y esa coherencia hay que sostenerla en cada página.

La arquitectura de Germania existe. Albert Speer diseñó los planos de la Welthauptstadt —la capital del mundo— con una ambición faraónica que hubiera hecho de Berlín o Kiev una ciudad irreconocible. Utilicé esos planos como base para construir el escenario. El resultado es un lugar que no existe pero que podría haber existido, y esa sensación de verosimilitud era exactamente lo que buscaba.

La novela está completa, registrada, e inédita.

Si te interesa saber más sobre el proceso o el universo de la novela, seguiré escribiendo sobre ello aquí.


*© 2026 Juanma Menéndez

Poema satírico — por José Luis Ibárzabal

Hay poemas que empiezan como canción y terminan como editorial. Este es uno de ellos. José Luis Ibárzabal convierte el almanaque de junio en un pretexto perfecto: los santos, los refranes, el trigo maduro… y de ahí, sin soltar el hilo del verso, al Corpus Christi en Toledo, al Papa en Madrid, a la España laica-en-la-Constitución-pero-beata-en-el-alma.

El poema cambia de piel a mitad de camino —como avisa él mismo con un guiño: “pa no ser mojigato, ni católico beato”— y lo que empezó como copla popular termina como retrato feroz de una liturgia política que, a su manera, tampoco ha perdido el gusto por las procesiones.

BENDITO SEA EL MES DE JUNIO

Bendito sea el mes de junio Desdé tiempo inmemorial Destacando cuatro santos Todos dignos de refrán Por el trece San Antonio Once días después San Juan Ése que bautizo a Cristo Con el agua del Jordán Pedro y Pablo de la mano Al final del mes vendrán Cuando el trigo y la cebada Están pa recolectar Pero no nos olvidemos De la fiesta principal Ese mito de la iglesia Que inventaron pa adorar No fue al becerro de oro Sino otro talismán Corpus Cristi, que es la hostia Brillando en un pedestal Es un jueves aleatorio Que según caiga da igual En Toledo lo celebran Desde tiempo inmemorial Y si de jueves hablamos Quién mejor que el refranero: “Tres jueves hay en el año Que relumbran más que él sol: Jueves Santo, Corpus Cristi Y él día de la Ascensión” _________________

(Y pa no ser mojigato, ni católico beato) Ésta otra parte relato:

La luz de un Papa se asoma A la capital de España A unos miente, a otros engaña Con el discurso de siempre Parece un hombre valiente Viene directo de Roma El Carapolla y la Ayuso Como lacayos al uso Preparan la ceremonia Con protocolo y boato Y Rouco cómo una momia Viste de cardenalato Las ovejas trashumantes No pasarán éste año Por Castellana y Velázquez Darán paso a los borregos Del Opus y dél Estado Corderos en sumisión Ocuparán el estrado Con gorra blanca y tirantes Con los colores de España Sus señoras con brillantes Y tocadas con mantilla Con encajes de Sevilla Y bolso de Gucci y guantes Y picor en sus entrañas Sánchez primero de España Y el rey Felipe a su lado Recibirán con honores Al jefe del Vaticano La Leticia de novicia Y el alcalde como un fraile Con hábitos franciscanos La Ayuso de Mari Pepa Y el Abascal de soldado Con Feijoo de carmelita No faltarán a la cita Así es España señores Laica en la Constitución Mas de espíritu beato Cual manda la tradición Financiando a los prelados Y alfombra roja a los Papas Reserva espiritual del mapa Y los jueces del Supremo Fieles a su devoción Siguen echando de menos A la Santa Inquisición

Créditos © 2026 José Luis Ibárzabal
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#autorjoseluisibarzabal

Hablar de Orlando no es sencillo, porque no se trata de una novela que avance de manera convencional ni cuyos saltos temporales lo sean. Para entenderla —y a mí me costó unas cuantas páginas darme cuenta— hay que aceptar que, en Orlando, el tiempo, la identidad, el género y la literatura se mezclan constantemente. Orlando es una obra que me desconcertó al principio y que luego me invitó a pensar. No solo por la transformación de su protagonista, sino por la manera en que Woolf cuestiona las normas sociales, la historia oficial y las expectativas impuestas sobre el cuerpo, el deseo y la creación literaria. A partir de aquí, me gustaría comentar algunos aspectos que me han llamado especialmente la atención. Se ha escrito mucho sobre esta novela y dudo que yo sea capaz de aportar algo radicalmente distinto, salvo mis propias sensaciones como lector. Más que por capítulos, voy a contarlo por flujos temporales. Orlando es un joven de unos dieciséis años a finales del siglo XVI, durante el reinado de Isabel I. El primer capítulo se desarrolla entre ese reinado y los comienzos del de Jacobo I, ya a principios del XVII, en un periodo que coincide con una de las fases más reconocibles de la llamada Pequeña Edad de Hielo. Woolf lo muestra con una majestuosa escena del Támesis helado y, después, en deshielo: un río convertido casi en escenario teatral, lleno de escenas pintorescas y cotidianas que parecen arrastradas por los nuevos tiempos. Esta es, en mi opinión, una línea argumental de toda la obra: los cambios de época, de capítulo o de transformación del personaje vienen acompañados por la fuerza de la naturaleza. La novela sigue avanzando y salta a Constantinopla. Allí tiene lugar el cambio más importante del libro. Orlando, tras un largo sueño que dura varios días, despierta siendo mujer. Ya como mujer, y después de un breve periodo viviendo con una comunidad romaní en la península de Anatolia, decide embarcarse de nuevo hacia Londres. Durante el viaje empieza a ser consciente de que ahora es leída socialmente como mujer, y eso lo cambia todo para ella. Cuando llega a Londres, nota que la ciudad ha vuelto a transformarse. En mi opinión, esta es una de las partes más literarias de la novela. Entramos en el siglo XVIII, con la presencia de escritores como Pope, Addison y Swift, y Woolf aprovecha ese ambiente para ironizar sobre la vida social, la fama literaria y las expectativas culturales de cada época. Ni el paso de los siglos ni la transformación de Orlando rompen del todo su continuidad íntima. Sin embargo, el mundo sí cambia la manera de mirarla. Sale del siglo XVIII y entra en el XIX, el periodo victoriano, en uno de los mejores simbolismos que he leído: una nube gris se posa sobre el cielo de Londres y de Inglaterra, y Orlando contempla ese espectáculo como si asistiera a una mutación moral del país. A continuación, Woolf describe de forma irónica la sociedad victoriana a través de los hogares, las costumbres y, de nuevo, la literatura. Orlando se siente cada vez más presionada por una sociedad que no ve con buenos ojos a una mujer soltera de su edad. Su matrimonio con un hombre que está casi siempre en el cabo de Hornos señala también otro cambio de época. Con una continuidad narrativa casi imperceptible, nos encontramos de pronto con Orlando comprando en unos grandes almacenes y conduciendo ella misma su automóvil. La novela termina con Orlando plenamente consciente de la fecha en que se encuentra: es el 11 de octubre de 1928
Créditos © 2026 Juanma Menéndez
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#mislecturas

Cuatro décimas para el mes en que la primavera alcanza su cenit — por José Luis Ibárzabal

Este mes, de cara a mayo, José Luis Ibárzabal ha compuesto cuatro poemas en forma de décima que reflejan, cada uno a su manera, las cualidades de este mes en el cenit de la primavera.

Lo ha hecho a modo experimental, porque nunca hasta ahora había compuesto una décima.

La décima o espinela es una composición de diez versos encadenados con rima consonante alterna.

Una breve definición de décima, según la Wikipedia:

La décima espinela es una estrofa poética de diez versos octosílabos con rima consonante, estructurada bajo el esquema abbaaccddc. Creada por el poeta español Vicente Espinel a finales del siglo XVI, se caracteriza por su estructura rigurosa, con pausas obligatorias tras el cuarto verso. Es fundamental en la literatura hispana y la poesía popular latinoamericana.

MAYO, YA ES PRIMAVERA

Ya mayo asoma sus alas Dispuesto a lanzarse al vuelo Atrás quedaron los hielos Y la luna con sus galas Se esconde por las mañanas Aún queda nieve en las cumbres No hay leña para las lumbres Salen flores por los prados La amapola en los sembrados Es una eterna costumbre...

MAYO, EL MES DEL OBRERO

Lle