Orlando: una primera impresión de lectura
Hablar de Orlando no es sencillo, porque no se trata de una novela que avance de manera convencional ni cuyos saltos temporales lo sean.
Para entenderla —y a mí me costó unas cuantas páginas darme cuenta— hay que aceptar que, en Orlando, el tiempo, la identidad, el género y la literatura se mezclan constantemente.
Orlando es una obra que me desconcertó al principio y que luego me invitó a pensar. No solo por la transformación de su protagonista, sino por la manera en que Woolf cuestiona las normas sociales, la historia oficial y las expectativas impuestas sobre el cuerpo, el deseo y la creación literaria.
A partir de aquí, me gustaría comentar algunos aspectos que me han llamado especialmente la atención. Se ha escrito mucho sobre esta novela y dudo que yo sea capaz de aportar algo radicalmente distinto, salvo mis propias sensaciones como lector.
Más que por capítulos, voy a contarlo por flujos temporales. Orlando es un joven de unos dieciséis años a finales del siglo XVI, durante el reinado de Isabel I. El primer capítulo se desarrolla entre ese reinado y los comienzos del de Jacobo I, ya a principios del XVII, en un periodo que coincide con una de las fases más reconocibles de la llamada Pequeña Edad de Hielo. Woolf lo muestra con una majestuosa escena del Támesis helado y, después, en deshielo: un río convertido casi en escenario teatral, lleno de escenas pintorescas y cotidianas que parecen arrastradas por los nuevos tiempos.
Esta es, en mi opinión, una línea argumental de toda la obra: los cambios de época, de capítulo o de transformación del personaje vienen acompañados por la fuerza de la naturaleza.
La novela sigue avanzando y salta a Constantinopla. Allí tiene lugar el cambio más importante del libro. Orlando, tras un largo sueño que dura varios días, despierta siendo mujer.
Ya como mujer, y después de un breve periodo viviendo con una comunidad romaní en la península de Anatolia, decide embarcarse de nuevo hacia Londres. Durante el viaje empieza a ser consciente de que ahora es leída socialmente como mujer, y eso lo cambia todo para ella.
Cuando llega a Londres, nota que la ciudad ha vuelto a transformarse. En mi opinión, esta es una de las partes más literarias de la novela. Entramos en el siglo XVIII, con la presencia de escritores como Pope, Addison y Swift, y Woolf aprovecha ese ambiente para ironizar sobre la vida social, la fama literaria y las expectativas culturales de cada época.
Ni el paso de los siglos ni la transformación de Orlando rompen del todo su continuidad íntima. Sin embargo, el mundo sí cambia la manera de mirarla. Sale del siglo XVIII y entra en el XIX, el periodo victoriano, en uno de los mejores simbolismos que he leído: una nube gris se posa sobre el cielo de Londres y de Inglaterra, y Orlando contempla ese espectáculo como si asistiera a una mutación moral del país.
A continuación, Woolf describe de forma irónica la sociedad victoriana a través de los hogares, las costumbres y, de nuevo, la literatura. Orlando se siente cada vez más presionada por una sociedad que no ve con buenos ojos a una mujer soltera de su edad.
Su matrimonio con un hombre que está casi siempre en el cabo de Hornos señala también otro cambio de época. Con una continuidad narrativa casi imperceptible, nos encontramos de pronto con Orlando comprando en unos grandes almacenes y conduciendo ella misma su automóvil. La novela termina con Orlando plenamente consciente de la fecha en que se encuentra: es el 11 de octubre de 1928
Créditos
© 2026 Juanma Menéndez
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