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relatos

Desafío: El último apaga la luz

Un ejercicio sobre cierres inevitables, ironía narrativa y cómo convertir una frase final en el verdadero núcleo del relato.

Descripción del desafío

Consigna: El desafío propuesto fue escribir un relato que finalizara, literal o conceptualmente, con esta idea: “El último apaga la luz”. La dificultad no estaba solo en rematar con esa frase, sino en lograr que no pareciera pegada al final, sino nacida de todo lo anterior.

Límites:

  • Relato breve
  • Ambientado en un espacio cerrado o en una situación que justificara ese cierre
  • El final debía desembocar, literal o conceptualmente, en la idea: “El último apaga la luz”

Objetivo técnico: Trabajar el cierre orgánico del relato y construir una escena entera orientada a que la última línea resulte inevitable, significativa y con un eco irónico.

Relato surgido del desafío

La tertulia tocaba a su fin y, sin embargo, los presentes seguían sin ponerse de acuerdo. Las discusiones se habían ido caldeando hasta adquirir una gravedad impropia del asunto, y sobre la mesa se amontonaban, junto a las tazas de café y los vasos de licor, toda clase de propuestas.

Unos sostenían que quien hubiera de ejecutar lo acordado debía ser designado en cada ocasión mediante votación directa y secreta. Otros, más inclinados al orden que a la justicia, defendían la conveniencia de nombrar una comisión estable, renovable por temporadas. No faltaban tampoco los partidarios del sorteo, que veían en el azar una forma superior de imparcialidad.

Nadie recordaba un debate tan vivo en aquella tertulia de los jueves por la tarde, donde se reunían filósofos, escritores, picapleitos y algún clérigo ocioso, libre aquella tarde de señoras que confesar. Los había de todo linaje y pelaje: caballeros de apellido compuesto, otros que unían los suyos con un sonoro “de”, y no pocos de aquellos apellidos vascos, largos y severos, que parecían exigir por sí solos respeto y silencio. Entre tanta prosapia, también se sentaban, sin que desmerecieran por ello, algún Pérez o algún Fernández.

Cada jueves aparecía sobre la mesa un sobre cerrado. Dentro, una pregunta lo bastante seria como para que aquellos hombres se entregaran durante horas al placer de disentir antes de aproximarse, lentamente, a una conclusión común. Pero aquella tarde el consenso parecía imposible.

Cansados al fin, y ya más atentos a la cena que a la filosofía, los tertulianos comenzaron a abandonar el salón. Quedaron en el aire el humo del tabaco, el calor fatigado de la discusión y, sobre la mesa, el desorden de la inteligencia vencida, en forma de tazas de café y vasos de licor.

Cuando solo quedaban cuatro, convinieron en que la cuestión no admitía respuesta clara. Se despidieron con gravedad, recogieron sus sombreros y fueron saliendo uno tras otro. Sobre la mesa quedó el papel con la pregunta, todavía visible en la penumbra: “¿Quién debería apagar la luz?”

Luego salió el último.

Y apagó la luz.

Reflexiones sobre mi relato

Cuando vi la consigna pensé que casi cualquier historia ambientada en un espacio cerrado podía terminar con esa frase. Precisamente por eso quise complicármelo un poco más: no me interesaba usarla solo como remate, sino hacer que esa idea estuviera latiendo en el centro del relato desde el principio.

La solución fue desplazar el foco. En vez de construir una historia que simplemente acabara con la luz apagándose, imaginé un grupo de hombres muy serios discutiendo con total solemnidad quién debía ocuparse de algo tan doméstico. Ahí apareció el tono del texto: una mezcla de ironía, observación social y gusto por la pompa verbal aplicada a una nimiedad.

Me apetecía además dar al relato un aire ligeramente decimonónico, de salón, humo, licor y apellidos sonoros. Esa gravedad afectada, ese placer por la discusión inútil y ese pequeño ridículo de las clases ilustradas me llevaron, al menos de lejos, hacia una resonancia que me recuerda a Larra.

Lo que más me interesaba técnicamente era que el final no pareciera una ocurrencia, sino una consecuencia. Que al llegar a la última línea el lector sintiera primero la sonrisa y después el ajuste perfecto del mecanismo: toda la escena había estado avanzando, en realidad, hacia esa pregunta mínima y absurda.

#relatos #desafios
Créditos © 2025 Juanma Menéndez
Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC BY 4.0) .
Esto significa que puede ser compartida, copiada, adaptada y distribuida en cualquier medio o formato, incluso con fines comerciales, siempre que se dé el crédito adecuado al autor.

Vuelta de llamada

Un final en espejo, a la hora más inoportuna.

Me despertó el sonido del teléfono. A tientas, me incorporé en la cama. Mis dedos, aún torpes por el sueño, encontraron el aparato. Sin mirar quién llamaba, deslicé el dedo sobre el icono verde para descolgar y responder. —Buenas noches, ¿está usted satisfecho con su compañía de seguros? Durante un segundo, dudé entre colgar sin más o soltar algún comentario poco amable y después colgar. Al final, la empatía pudo y, con tono tranquilo, respondí: —¿Cree usted que son horas para hacer este tipo de llamadas? Colgué sin esperar respuesta. Quienes crecimos con teléfonos de cable seguimos hablando de colgar y descolgar, aunque lo correcto sería decir “terminar la llamada”. Costumbres que perduran, supongo. No había amanecido todavía. Miré el reloj. Bueno, no era tan temprano. Volver a la cama no tenía sentido. Fui al baño y me di una ducha rápida, lo bastante caliente como para reconfortarme. Luego, en la cocina, rellené una cápsula reutilizable de café. Al principio me resistí a abandonar mi vieja cafetera, pero al final accedí a que me regalaran una Nespresso por mi cumpleaños, con la condición de que incluyera cápsulas recargables. Siempre me ha parecido absurdo pagar más por el envase que por el contenido, y esas cápsulas son el ejemplo perfecto. Pulsé dos veces el botón para añadir más agua. Con la taza en la mano, me senté frente al ordenador y lo encendí. Quedaba poco para empezar la jornada. Windows cargó lentamente, seguido por la conexión a la VPN de la empresa. Uno a uno fueron apareciendo los procesos habituales: calendario, tareas, control de actividad. Esperé a que el icono “OK” se iluminara. Me puse los cascos y, con la mejor de mis voces, dije: —Buenos días, ¿está usted contento con su operador de telefonía?

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#relatos

Vuelta de llamada

Un final en espejo, a la hora más inoportuna.

Me despertó el sonido del teléfono. A tientas, me incorporé en la cama. Mis dedos, aún torpes por el sueño, encontraron el aparato. Sin mirar quién llamaba, deslicé el dedo sobre el icono verde para descolgar y responder. —Buenas noches, ¿está usted satisfecho con su compañía de seguros? Durante un segundo, dudé entre colgar sin más o soltar algún comentario poco amable y después colgar. Al final, la empatía pudo y, con tono tranquilo, respondí: —¿Cree usted que son horas para hacer este tipo de llamadas? Colgué sin esperar respuesta. Quienes crecimos con teléfonos de cable seguimos hablando de colgar y descolgar, aunque lo correcto sería decir “terminar la llamada”. Costumbres que perduran, supongo. No había amanecido todavía. Miré el reloj. Bueno, no era tan temprano. Volver a la cama no tenía sentido. Fui al baño y me di una ducha rápida, lo bastante caliente como para reconfortarme. Luego, en la cocina, rellené una cápsula reutilizable de café. Al principio me resistí a abandonar mi vieja cafetera, pero al final accedí a que me regalaran una Nespresso por mi cumpleaños, con la condición de que incluyera cápsulas recargables. Siempre me ha parecido absurdo pagar más por el envase que por el contenido, y esas cápsulas son el ejemplo perfecto. Pulsé dos veces el botón para añadir más agua. Con la taza en la mano, me senté frente al ordenador y lo encendí. Quedaba poco para empezar la jornada. Windows cargó lentamente, seguido por la conexión a la VPN de la empresa. Uno a uno fueron apareciendo los procesos habituales: calendario, tareas, control de actividad. Esperé a que el icono “OK” se iluminara. Me puse los cascos y, con la mejor de mis voces, dije: —Buenos días, ¿está usted contento con su operador de telefonía?

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#relatos

Una taza, una servilleta y una frase breve que cambia el ángulo de la realidad.

El camarero dejó la taza sobre la mesa sin ruido. Yo venía de un día de números y de largas explicaciones a unos alumnos que miraban la pizarra con la mente en otra parte y más pendientes de los sonidos de mensajes entrantes de whatapp. Estaba garabateado palabras sueltas: “silla”, “humo”, “espejo”, “luna”. —¿Qué estás haciendo? —preguntó. —Greguerías. Me miró con cara rara. La expliqué que una greguería es una composición muy breve en prosa. Una chispa que mezcla humor y metáfora para que algo cotidiano se vuelva inesperado. —¿Y cómo se escriben? —me preguntó. Sin saber porqué después estar un rato escribiendo palabras a ver si me venía la inspiración, algo me vino, el número dos. Escribí sin pensar, que a veces es como mejor se escribe. —Mira —le dije volviendo la libreta.

Greguería

El dos es la longitud de la circunferencia desprovista de irracionalidad
Descripción de la imagen

Ella leyó la servilleta y sonrió.

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#relatos

Entrenamos economía, subtexto y un final con doble lectura: una sola palabra que deja eco.

Descripción del desafío

Consigna: Construir un microrrelato con la palabra recompensa. No basta con “meterla”: haz que cambie el sentido del texto y que el cierre deje una duda viva.

Límites:

  • Máx. 120 palabras
  • 1–3 párrafos (sin explicaciones)
  • Incluye la palabra exacta: recompensa
  • Final ambiguo (dos interpretaciones posibles)

Objetivo técnico: subtexto + ambigüedad controlada + imagen potente (mostrar, no narrar).

Relato surgido del desafío

La metralla le arrancó medio rostro, pero aún respiraba.

Su capitán le susurró al oído: “Aguanta, muchacho. Hay recompensa para los valientes.”

Murió antes de entender si hablaba de gloria o de dinero.

Reflexiones sobre mi relato

Lo que funciona: la primera frase abre con una imagen física brutal (impacto inmediato), y la palabra recompensa llega cargada de promesa… o de manipulación. El cierre no “explica”: deja al lector trabajando.

La clave técnica: la ambigüedad está anclada a un único punto: ¿qué significa “recompensa” en guerra cuando quien la promete tiene poder sobre ti?

Notas de revisión (opcional)

Checklist rápido (para tu propia versión):

  • ¿La palabra recompensa “pesa” en la escena (no es decorativa)?
  • ¿Hay una imagen concreta (gesto, objeto, herida, sonido) que haga real el momento?
  • ¿El final abre dos lecturas sin que ninguna sea “la correcta”?
  • ¿Quitaste toda frase que explique lo que el lector ya puede inferir?

Si lo escribes, pégalo en comentarios y dime: ¿qué interpretación quieres que duela más?

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#desafios #relatos

Estaba a punto de decir “Que tus sueños se cumplan en 2026”, cuando, como un rayo, le atravesó la memoria lo perversa que era esa persona. Se le heló la voz en la garganta. Respiró hondo, sonrió apenas y corrigió: —Que 2026 te traiga lo que mereces. Y al fin, pudo respirar en paz.
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#relatos

Frente de Ypres. 24 de diciembre de 1914.

Desde la tierra de nadie, un destello. Luego otro. Los soldados ingleses, encogidos en sus trincheras, contienen la respiración. Los dedos acarician los gatillos, los ojos escudriñan la oscuridad. Nadie habla. Esa noche, como tantas otras, el barro está preparado para recibir más cuerpos. Pero algo es distinto. No suenan los cañones. En su lugar, una melodía se cuela entre los sacos de arena y el alambre de espino.

Una voz alemana entona: “Stille Nacht, heilige Nacht...” Seguido de una voz francesa: “Dans les cieux l’astre luit.” Y otra voz, temblorosa, desde el otro extremo de la trinchera: “Round yon Virgin, Mother and Child…”

Los hombres escuchan sin comprender del todo, pero sin moverse. Unos pasos rompen el silencio. Una silueta se alza en la línea enemiga. Está desarmado. En la trinchera contraria, un escocés lo sigue con el dedo firme sobre el gatillo. La tensión es insoportable. Solo un disparo... —No dispares —murmuró alguien detrás de él. Y el disparo nunca llega. Otro soldado se levanta. Luego otro. Y otro más. Uno canta. Otro responde. Entonces, la música se eleva sobre el barro, sobre los muertos, sobre el miedo. Los soldados avanzan hacia la nada —esa tierra que devora a todos por igual— con manos vacías y el corazón temblando. Se dan la mano. Se ofrecen cigarrillos. Comparten pan. Cantan. Entierran a sus muertos. Rezan. La noche fue larga, pero no fría. La noche no podía durar para siempre. Cuando amanece, vuelven a sus trincheras. Fue la más breve, la más bella y la más triste Navidad jamás vivida. Porque nunca volvió a repetirse.

CREDITOS

© 2025 Juanma Menéndez

Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC BY 4.0).

#relatos

“La carta (enferma)” de Gabrielle Munter

Escribí el desafío en forma de “Caja negra”, si conocer a la autora, ni la época, ni su intención, aunque he de sentirme contento de que no me desvié demasiado ni de la temática ni del sentido, solo me confundí de conflicto.

Este cuadro me lleva a las primeras decádas del siglo XX. El decorado, los pocos dibujados peinados, la lámpara.

Dos mujeres. Una vestida de negro nos dice que está de luto que ha perdido a alguien querido.

La otra en la cama, aquejada de una debilidad o enfermedad que viene a ser casi lo mismo.

Una de ellas de luto nos lleva a una guerra, una de las grandes guerras que asolaron el mundo en la primera mitad de ese siglo.

Y la carta…, la última carta desde el frente del soldado que suponemos muerto, o la carta de un soldado todavía vivo.

Leamos pues la carta.


Bélgica, 12 de diciembre de 1944

Mi querida Lisette,

Hoy he encontrado un momento tranquilo, y lo primero que he querido hacer es escribirte. Aquí el clima no acompaña mucho, llueve sin parar y hace un frío que nos obliga a mantenernos siempre en movimiento. Pero no te preocupes, estamos bien y hacemos lo mejor que podemos para mantenernos cálidos y animados.”

Lisette, recostada en la cama, quería imaginar cómo sería el frente donde estaba Frank. A veces pensaba en una llanura inmensa, venteada y nevada; otras, en un río ancho, bravo y caudaloso que separaba a los combatientes. En ocasiones, incluso se lo figuraba como un bosque oscuro, tupido y traicionero, donde cada árbol podía ocultar un peligro. Pero, más allá de sus conjeturas, siempre volvía a una imagen constante: la de Frank, con su sonrisa calmada, encontrando una manera de sobrellevarlo todo.

Margot, sentada en una silla al lado de la cama, siguió leyendo la carta en voz alta.

“Esta mañana hemos tenido un rato que nos ha sacado una sonrisa. James, que siempre parece tan serio, nos sorprendió con un concierto improvisado. Con una vieja caja de madera se puso a ‘tocar’ algo parecido a música, y no pudimos evitar unirnos a su ritmo. Fue uno de esos pequeños momentos que nos recuerdan que incluso en los días más grises se puede encontrar un poco de alegría.”

Margot dejó escapar una sonrisa mientras leía. Aunque lo había leído muchas veces, siempre le sorprendía la habilidad de Frank para transmitir optimismo. Qué diferente era de Tommy, que en sus cartas describía, con un exceso de sinceridad, el horror del frente.

Se inclinó hacia la mesa, tomó la cafetera y sirvió una taza caliente tanto para Lisette como para sí misma. Había algo reconfortante en mantener sus pequeños rituales, incluso en medio de la incertidumbre.

“Sé que esperábamos estar juntos esta Navidad, pero parece que tendremos que esperar un poco más. Todos aquí confiamos en que la primavera nos traiga el fin de esto y nos permita volver a casa, donde realmente pertenecemos. Hasta entonces, quiero que sepas que pienso en ti todos los días y que mi mayor deseo es volver a tu lado.”

Margot pensó en la última carta que recibió de Tommy. En ella, él había prometido que en Navidad todo habría acabado y estarían en casa. Promesas que, con el paso del tiempo, se convirtieron en un ciclo cruel: en verano decían que para invierno, ahora que el otoño había pasado, confiaban en la primavera. Pero Margot ya sabía que en primavera, si acaso llegaban nuevas promesas, dirían que sería para el verano.

La siguiente carta que recibió de Tommy no llevaba sus palabras. Venía del Cuartel General y, con una frialdad que todavía la hacía estremecer, le informaba de su muerte en combate. Las frases reconfortantes que seguían eran un sinsentido: “un héroe para su patria”, “sacrificio necesario”, bla, bla, bla. Nada de eso llenaba el vacío que había dejado.

Desde entonces, las cartas de Frank eran el único nexo con una esperanza lejana. Desde que ellos se fueron al frente, Lisette y Margot habían adoptado el hábito de intercambiar las cartas para leerlas en voz alta. Incluso cuando Lisette cayó enferma, nada cambió, salvo el salón por la habitación y el traslado de la pequeña mesa, donde aún degustaban juntas el café.

“Cuida mucho de ti, mi amor, y recuerda que en cada cosa que hago estás tú. Este tiempo lejos solo hará que valoremos aún más lo que compartimos.

Con todo mi cariño,

Siempre tuyo,

Frank

Lisette cerró los ojos plácidamente y se sumió en una somnolencia. Margot dobló la carta con cuidado, alisando los bordes desgastados, y la dejó junto a las tazas vacías en la mesita. Allí esperaría hasta mañana, cuando probablemente sería leída otra vez. O tal vez el día traería nuevas noticias, esperadas con ansias o temidas en silencio. Mientras apagaba la lámpara de la mesita, no pudo evitar preguntarse si algún día recibirían el final prometido en tantas cartas.

#relatos

Voy con paso tranquilo hacia mi cita, una cita en la que estoy casi seguro de que me van a asesinar.

Me imagino al lector incrédulo preguntarse: ¿Cómo sabe que lo van a matar? Y todavía preguntarse más sorprendido: ¿por qué acude a esa cita?

La verdad es que si hubiera empezado por el principio, el lector no habría pasado del primer párrafo, pero con esta entrada seguro que aguantará hasta el final del relato, e incluso me perdonará la falta de suspense del mismo, porque ya sabe cómo va a acabar.

Decir que mi anfitrión y yo pertenecemos a dos familias, cuyos apellidos no importan, pero que eran conocidas como los Montesco y Capuleto de Vetusta.

Sí, sí. La misma Vetusta, la provinciana ciudad donde Ana Ozores tuvo encuentros y desencuentros con Álvaro Mesía hace ya muchos años, tantos, que yo no había nacido.

Bueno, a lo que íbamos: nuestra rivalidad podía dejar a veces empequeñecida la de esas familias de Verona, pero a diferencia de ellos, no tuvimos una Julieta y un Romeo que dieran aires de gran tragedia a nuestro antagonismo, quedando simplemente en odio puro.

Era tal nuestra confrontación, que en la cainita contienda que sufrió este país, bastó que una de nuestras familias se alineara con un bando para que la otra se apuntara al otro, sin plantearse si políticamente era afín.

Por si todavía alguien lo piensa, aunque creo que está meridianamente claro, nuestro odio no viene de esa guerra, viene de mucho antes.

Realmente no sé desde cuándo; quizá don Leopoldo, en su novela, puede que lo mencione, pero como no he leído La Regenta, no puedo afirmarlo ni negarlo.

Y aquí quedamos los dos, los últimos vástagos de cada familia. Bueno, esto lo he dicho por dar dramatismo; realmente quedamos muchos, pero en Vetusta solo quedamos dos.

Los demás marcharon buscando nuevas oportunidades, y cada kilómetro que les separaba de nuestra ciudad disolvía el odio ancestral, hasta el punto que, llegados a sus nuevos hogares, de ese rencor solo quedaba un tenue recuerdo.

Y aquí quedamos los dos últimos viejos, cansados y enfermos. Porque, como una burla del destino, ambos enfermamos de una rusca —como diría Bruno, bueno, Salvatore Roncone.

Cuando mi hijo me propuso ir a la capital a tratarme la rusca, me negué: no quería acabar como Salvatore Roncone, mirando una estatua etrusca y sonriendo.

Maldita rusca. A mí se me agarró al hígado, y a mi anfitrión —y, en breve, mi asesino—, se le agarró a los pulmones.

Cuántas veces, cada vez que le veía encender un cigarro con los restos del otro, yo ya me lo imaginaba con los pulmones devorados.

Claro que seguro que él debería pensar lo mismo de mi hígado, cuando veía cómo la botella se vaciaba en mis manos a lo largo de la tarde.

Y solo quedamos los dos: viejos, renqueantes, enfermos y con los días contados. Solo con la esperanza de ver pasar el féretro del otro.

Pero parece que hemos decidido que es mejor tomar alguna iniciativa, cansados de ver cómo la enfermedad nos devora.

Y la ha tomado él. Pero no voy a presentar batalla, no al menos como él espera.

Haré como esos luchadores que, viendo que pueden perder, abandonan la palestra y privan a su rival de una victoria con gloria.

Él será el superviviente, simplemente porque yo quiero, no porque me haya ganado.

Y se quedará sufriendo los dolores que le haga padecer su rusca, y dándole vueltas a la cabeza hasta darse cuenta de que no ganó: simplemente, yo abandoné.

Llego a su casa. La puerta está abierta. La abro y lo último que veo en esta vida es el negro cañón de una escopeta apuntando a mi pecho.

#relatos

Pringoso aún, con el poco azúcar que quedaba pegado, el palito que había sostenido la gran nube de algodón que él había comprado seguía en su bolso. Qué locura de tarde en la feria: entre vueltas, acelerones y vaivenes intentaban recomponer esa crisis de pareja que, aunque se venía fraguando desde hacía tiempo, estalló la semana pasada. Y así, entre mordisco y giro, se acercaban; al siguiente mordisco, volvían a alejarse. Mientras los acercamientos, los giros y los nuevos distanciamientos se repetían, el algodón se iba acabando. Al revés que en Tolstói, sus reconciliaciones no eran iguales y sus distancias siempre lo eran de la misma manera. El algodón se consumía como la tarde, como el tiempo que se habían dado. Miró el palo: estuvo a punto de tirarlo, pero lo guardó. No sabía si era el final de algo que moría o el principio de algo nuevo.

#relatos