La más bella y triste historia de Navidad jamás contada
Desde la tierra de nadie, un destello. Luego otro. Los soldados ingleses, encogidos en sus trincheras, contienen la respiración. Los dedos acarician los gatillos, los ojos escudriñan la oscuridad. Nadie habla. Esa noche, como tantas otras, el barro está preparado para recibir más cuerpos. Pero algo es distinto. No suenan los cañones. En su lugar, una melodía se cuela entre los sacos de arena y el alambre de espino.
Una voz alemana entona: “Stille Nacht, heilige Nacht...” Seguido de una voz francesa: “Dans les cieux l’astre luit.” Y otra voz, temblorosa, desde el otro extremo de la trinchera: “Round yon Virgin, Mother and Child…”
Los hombres escuchan sin comprender del todo, pero sin moverse. Unos pasos rompen el silencio. Una silueta se alza en la línea enemiga. Está desarmado. En la trinchera contraria, un escocés lo sigue con el dedo firme sobre el gatillo. La tensión es insoportable. Solo un disparo... —No dispares —murmuró alguien detrás de él. Y el disparo nunca llega. Otro soldado se levanta. Luego otro. Y otro más. Uno canta. Otro responde. Entonces, la música se eleva sobre el barro, sobre los muertos, sobre el miedo. Los soldados avanzan hacia la nada —esa tierra que devora a todos por igual— con manos vacías y el corazón temblando. Se dan la mano. Se ofrecen cigarrillos. Comparten pan. Cantan. Entierran a sus muertos. Rezan. La noche fue larga, pero no fría. La noche no podía durar para siempre. Cuando amanece, vuelven a sus trincheras. Fue la más breve, la más bella y la más triste Navidad jamás vivida. Porque nunca volvió a repetirse.
© 2025 Juanma Menéndez
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