Huella en el cristal
Un tren, una ventisca y algo que corre a tu lado.
La calefacción del vagón jadeaba como un animal viejo, lanzando ráfagas tibias que morían antes de calentarle los pies. Afuera, la ventisca era un muro blanco, sin cielo ni tierra: solo un torbellino que parecía fijo aunque el tren corría a toda velocidad.
Clara viajaba sola. El compartimento permanecía vacío desde que partieron de Omsk al anochecer. Ella alternaba la vista entre la ventanilla de la puerta y la ventana exterior.
Fue entonces cuando lo notó: una sombra a la altura del cristal, afuera, moviéndose en paralelo al tren.
Parpadeó, convencida de que era un reflejo: quizá alguien en el pasillo. Pero la sombra estaba fuera, entre el blanco de la tormenta, y mantenía el paso exacto del vagón. No corría ni se quedaba atrás. Simplemente estaba ahí.
Se inclinó, apoyando la frente en el cristal helado. Afuera, una figura alta, envuelta en algo oscuro, avanzaba sobre la nieve como si el viento no existiera. Sus piernas se hundían hasta la rodilla, pero cada zancada coincidía con el traqueteo de las ruedas.
El corazón le golpeó las costillas.
—Disculpe… —llamó al revisor, que pasaba en ese momento—. Creo haber visto a alguien fuera.
Él apenas la miró.
—Nadie camina ahí afuera, señora. Estamos a veinte kilómetros de la estación más cercana y la noche es infernal: oscuridad, nieve, viento. ¿Quién podría sobrevivir en la intemperie?
Se alejó sin esperar respuesta.
Clara volvió la vista a la ventana. La figura estaba más cerca, y aunque la nevada borraba sus rasgos, percibió un brillo húmedo donde debían estar los ojos; un destello que no podía ser nieve.
Un ruido de asiento plegándose la hizo girar: una mujer mayor, con un pañuelo gris anudado bajo la barbilla, se sentó frente a ella.
—Se le va a helar la cabeza pegada al vidrio —dijo la anciana, con una sonrisa cansada.
—¿Ve eso? —preguntó Clara, señalando la ventanilla.
La mujer se inclinó lo justo para mirar. Su sonrisa se borró.
—Ah… —susurró—. Usted lo ha visto. No todo el mundo puede verlo.
Clara la miró sin comprender.
—¿Qué quiere decir?
—Cuando la nieve corre a tu lado, nunca te mira. Si te mira… —la anciana hizo el gesto de cerrar una puerta invisible— …es porque quiere entrar.
La mujer quedó en silencio unos segundos, como si escuchara algo más allá del traqueteo. Luego, con un ligero sobresalto, murmuró:
—Me he equivocado de compartimento. Perdóneme.
Se levantó y se fue hacia el pasillo, sin mirar atrás.
Clara la siguió con la vista hasta que desapareció por la puerta del vagón. Miró afuera: el ser seguía “corriendo”, manteniéndose siempre a la misma altura. Bajó la persiana de la ventana y respiró hondo.
Se asomó al pasillo con la esperanza de ver a la mujer, pero estaba desierto. Se asomó al compartimento siguiente: un borracho le hizo un gesto obsceno; cerró furiosa. En el siguiente encontró a una pareja joven y, por la expresión de sus caras, dedujo que no era bienvenida. Cerró con una disculpa y, tranquilizándose, volvió a meterse en su compartimento.
Se consoló pensando que era mejor estar sola allí que en algún otro con compañía no deseada.
Se sentó en el sentido de la marcha, en la silla junto a la ventana, y acercó la mano al tirador de la persiana. Hizo ademán de subirla, pero en el último momento se arrepintió y la retiró como si el asa quemara.
Sacó un libro, lo abrió por el marcador e intentó leer. No logró concentrarse. Su pensamiento volvía una y otra vez hacia la ventana con la persiana bajada.
Tenía miedo de subirla y encontrarse de nuevo con aquella visión. Pero también tenía la esperanza de que todo hubiera sido una ilusión y el viaje recuperara su placidez.
Dudó.
Al final, se armó de valor y subió la persiana.
No vio nada: solo la tempestad de nieve. Empezó a reírse, nerviosa.
Cuando volvió a mirar, lo encontró allí.
Ese ser.
Moviéndose a la misma velocidad del tren. Esta vez, más cerca del vagón. Lo bastante cerca como para distinguirlo con detalle: blanco, difuso, como si la propia tormenta hubiera modelado aquella forma. Solo la cuenca de los ojos —negra— y, al fondo, un punto rojo.
Bajó apresuradamente la persiana.
La volvió a subir.
La forma seguía allí, más cerca, mirándola y desplazándose en paralelo al tren.
Presa de un histerismo, compulsivamente subía, bajaba, subía, bajaba. A cada intento veía la figura un poco más próxima.
De repente, la puerta del compartimento se abrió.
—¿Ocurre algo, señorita? —dijo el revisor—. Se han quejado en el otro compartimento: hace mucho ruido subiendo y bajando la persiana.
Subió la persiana y preguntó:
—¿Qué ve en la ventana?
—La tormenta —respondió él—. Se lo dije antes: estamos en medio de la llanura; solo hay viento y nieve. No se preocupe. Esta máquina ha hecho muchas veces este recorrido, incluso en peores condiciones, y le aseguro que llegaremos a nuestro destino sin problemas.
Mientras el revisor hablaba, Clara miró la ventana: solo vio la tormenta.
—Bueno, señorita, he de seguir vigilando el tren. Quédese tranquila e intente dormir.
Sin atreverse a mirar de nuevo, oyó cómo el revisor salía y cerraba la puerta.
Y entonces, el tren entró en un túnel breve, negro como tinta. Por alguna razón, las luces no se encendieron.
Clara suspiró, intentando convencerse de que todo había sido sugestión. Quizá el cansancio. Quizá.
Se acomodó en el asiento, pero un golpe seco resonó contra el cristal, como si algo hubiera caído sobre él desde fuera.
Al salir del túnel, la ventisca seguía allí…
…pero la figura junto a la ventana había desaparecido.
Inclinó la cabeza para recolocarse la bufanda y lo vio: en el borde interior de la ventanilla, una huella húmeda en forma de mano.
Por dentro.
Créditos
© 2025 Juanma Menéndez
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