S.A. Cosby: cuatro lecturas para entender un Sur en descomposición

S.A. Cosby en el National Book Festival 2023 Foto: Shawn Miller / Library of Congress — dominio público (CC0)

He aprovechado este verano para leer cuatro relatos de S.A. Cosby y lo que se me queda después de cada uno no son tanto los giros de guion como el aire que se respira en sus páginas. Cosby no construye escenarios: construye climas. Y el clima que domina sus cuatro novelas es el de un Sur que perdió su industria hace décadas pero no ha soltado su bandera.

Esa bandera, la confederada, no aparece en sus libros como símbolo abstracto ni como excusa para un discurso político. Aparece pintada en la trasera de una camioneta, cosida en un parche, ondeando en el porche de una casa venida a menos. Cosby nunca se detiene a explicarla: la deja ahí, como quien fotografía el paisaje sin comentarlo, confiando en que el lector entienda que esa tela sigue siendo, para una parte de esa sociedad, una forma de nostalgia activa. Es un ejemplo perfecto de “mostrar y no contar”: el racismo estructural y la añoranza confederada no se anuncian en boca de un personaje que suelta una tirada ideológica, se filtran en el atrezo, en lo que hay colgado en la pared del bar, en lo que lleva tatuado el tipo del taller.

Y ese paisaje siempre está en descomposición. En Maldito Asfalto, el pueblo de Bug Montage vive de los restos de una economía que ya no existe: talleres que sobreviven a duras penas, gasolineras a medio cerrar, un circuito de carreras clandestinas que ocupa el vacío que dejó la industria legal. En Lágrimas como navajas el territorio que recorren Ike y Buddy Lee es una sucesión de moteles baratos, bares de carretera y comunidades rurales donde la Norteamérica próspera parece haber pasado de largo hace tiempo. El rey de las cenizas lleva esta decadencia a su forma más literal: Jefferson Run es un pueblo que vivió del ferrocarril y ahora solo tiene un tanatorio familiar como negocio en pie, una economía que, de puro agotada, ha terminado ocupándose de los muertos porque ya no sabe qué hacer con los vivos. Y en Todos los pecadores sangran, el condado de Charon sostiene esa misma tensión: iglesias, terratenientes con apellido de siempre y una policía que representa un orden que no termina de renovarse.

Un elemento que atraviesa las cuatro novelas y que a mí, como lector, me interesa especialmente por lo que tiene de recurso narrativo, es el mobile home. No aparece como detalle pintoresco: es la unidad de medida de la clase social en el universo de Cosby. Vivir en una casa prefabricada, en un parque de caravanas al borde de la carretera, es la prueba visual de una movilidad social detenida, de familias que en otra generación tuvieron una casa de verdad y una fábrica que les daba de comer, y que ahora solo tienen un techo con ruedas y una deuda. Cosby no necesita decir “esta familia lo ha perdido todo”: basta con describir el mobile home, el coche oxidado al lado y la carretera que no lleva a ningún sitio próspero.

Ese contraste —el orgullo confederado que insiste en mirar hacia un pasado glorioso que en realidad nunca lo fue tanto, frente a un presente de industria muerta y vivienda precaria— es, para mí, el verdadero motor emocional de sus libros. Sus personajes no luchan solo contra un villano concreto: luchan contra un territorio que se cae a pedazos y contra una identidad colectiva que se aferra a símbolos de un poder que ya no tiene correlato económico. La violencia de sus tramas nunca está desconectada de ese decorado; nace directamente de él.

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